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“NO CALLAR ES UN DEBER INAPLAZABLE”

Vivimos tiempos convulsos y de gran incertidumbre política y social a nivel global. ¿Podemos afirmar que es el fin de una época? Lo único seguro que hay es la incertidumbre. Esa sensación de seguridad en la que creemos vivir a diario es un espejismo que se puede quebrar en cuestión de segundos. De pronto sucede lo que parecía inconcebible, y tu vida cambia para siempre. Alguien se despierta una mañana cualquiera y recibe una llamada en la que le anuncian que a alguien querido le han diagnosticado una enfermedad letal, o que ha muerto de forma repentina en un accidente, o que la casa en la que vivía ha quedado arrasada por las bombas. Esa ruptura radical de la normalidad que está sucediendo en Gaza, Ucrania o Irán puede suceder mañana mismo en cualquier otro lugar. Nadie está a salvo de sufrir la brutalidad en primera persona aunque nos engañemos pensando lo contrario.

La figura de Trump, sobre todo en este segundo mandado, en gran medida ayuda a explicar el cambio de paradigma en política internacional. Cada día que pasa se hace más evidente que el equilibrio siempre frágil de la cooperación multilateral y la diplomacia atraviesa un momento muy delicado. El gran edificio de la concordia internacional que se construyó con tanto empeño durante el siglo XX está amenazado. A lo ancho del mundo vuelven a prevalecer la brutalidad y la extorsión como instrumentos de dominación sobre los débiles. Para sátrapas como Trump, Putin o Netanyahu la violencia es simple rutina, un acto burocrático, algo tan común como tomarse un café o leer el periódico. Y, mientras tanto, la Unión Europea es incapaz de enfrentarse a la brutalidad. Ante cada ocurrencia de Trump aparta la mirada, en el mejor de los casos. No es sensato tener demasiada esperanza, pero deseo que los familiares de las víctimas que estos tiranos han sembrado por el mundo tengan algún día el consuelo parcial de verlos sentados frente a un tribunal internacional acusados de crímenes de guerra.

El auge de la brutalidad viene acompañado del crecimiento exponencial de movimientos de extrema derecha a nivel mundial durante la última década. Es cierto. El resurgimiento tan poderoso de la ultraderecha se produce en un contexto en el que una gran parte de la ciudadanía ha perdido la confianza en la vida civil, en las instituciones, y también ha perdido la esperanza de imaginar un futuro alentador. Existe una gran frustración social entre amplios sectores de la población que conviven cada día con un grado de incertidumbre muy elevado. Los salarios bajos, la inestabilidad laboral, la imposibilidad de acceder a la compra o al alquiler de una vivienda, son síntomas cronificados que impiden el desarrollo de un proyecto de vida razonable.

De modo que estamos ante una crisis material y anímica. En las últimas décadas se ha producido un cambio acelerado en muchos aspectos. El paradigma laboral ha cambiado radicalmente. Ya es inimaginable que alguien pueda desarrollar una carrera profesional en una sola empresa. Esa seguridad aparente se ha desvanecido. La precariedad permanente genera impotencia y resentimiento. Además, lo que está sucediendo con la vivienda es terrorífico. La especulación es una forma de violencia inaceptable. Es urgente limitar el número de propiedades por persona.

La realidad conocida cambia, y favorece el desconcierto. Es necesario un mínimo de seguridad para vivir con dignidad. Acceder a una vivienda y tener un salario decente son condiciones esenciales de vida. Que el modelo más extendido en la actualidad sea que personas de 30 y 40 años que no tienen ningún lazo entre sí tengan que prescindir de su intimidad para poder dormir bajo techo es uno de los mayores fracasos de la socialdemocracia. Que el alquiler de una vivienda sea inaccesible para la mayoría es un fracaso incontestable de la administración pública. Estoy seguro de que muchos de los que hace 15 o 20 años compraron una vivienda hoy no podrían. La vivienda es un derecho básico, no un bien especulativo, pero los partidos socialdemócratas no parecen por la labor de corregir esta deriva insostenible más allá de impulsar un par de medidas superficiales. Hay una sensación creciente de que la democracia ha fallado en su voluntad de crear sociedades más justas y prósperas. La aparición como de la nada de Zohran Mamdani es la única esperanza que veo ahora mismo.

Y esa rabia la ha capitalizado mejor que nadie la ultraderecha. Sin duda. Esa impotencia que me parece tan legítima y razonable tradicionalmente la canalizaba la izquierda, que trataba de corregir las deficiencias del sistema con una sólida vocación social y reformista, no desde el nihilismo absoluto como la ultraderecha. Sin unas condiciones materiales razonables, sin tiempo para el ocio, sin una casa que habitar, es imposible construir un proyecto de vida mínimamente viable. Hay una sensación creciente de que la democracia ha fallado en su voluntad de crear sociedades más justas y prósperas. Ahora es la ultraderecha la que se ha adueñado de ese descontento y esa rabia, y cada día aboga con menos disimulo por favorecer la erosión de la democracia.  

¿Y de dónde cree que parte este nuevo impulso ultra? Este movimiento reaccionario tan sólido no ha surgido de manera espontánea, como una consecuencia natural de la frustración social, sino de forma organizada. A nivel global hay un grupo minoritario pero muy poderoso que defiende sus privilegios y que quiere extender su dominio ya de por sí insultante a cualquier precio. Derribar la democracia, transgredir el derecho internacional, arrasar el planeta, invadir países soberanos, alentar guerras, sembrar la destrucción y la pobreza extremas, son prácticas aceptables si con ellas consiguen amasar algunos cientos de millones más. Es un panorama desolador porque no hay un contrapeso lo suficientemente consistente que empuje, con idéntica fuerza, en sentido contrario.

¿Y entonces qué podemos hacer? Lo primero que debemos hacer es abandonar este estado de confusión y de extrañeza en el que nos encontramos y asumir que nada está predestinado a suceder. No es inevitable el triunfo de la ultraderecha ni la erosión de la democracia. Es posible derrotar a autócratas como Trump, e incluso la democracia puede prevalecer sobre el fanatismo, como ocurrió en Brasil. Así como cayó Bolsonaro caerán Trump y Netanyahu. Frente a la brutalidad de la guerra existe la posibilidad del diálogo, y frente a la sinrazón del odio que alienta la ultraderecha existe la alternativa de la fraternidad. En los años cincuenta del siglo pasado, en los tiempos más tenebrosos de la segregación racial en Estados Unidos, Rosa Parks se negó a ceder el asiento que ocupaba en un autobús a un hombre blanco, lo cual era ilegal. Pero ella permaneció inmóvil, desobedeciendo una ley arbitraria, y ese coraje, esa reivindicación pacífica y a la vez radical con la que afirmó la dignidad humana, debe servirnos de faro moral. A mí me conmueve tanto Rosa Parks como las madres de la Plaza de Mayo, o como las asociaciones que defienden la memoria democrática. Es el triunfo de la dignidad sobre la barbarie.

De modo que, frente a la indiferencia y el derrotismo, hay que tratar de buscar razones para la esperanza. Existen amenazas muy poderosas, pero debemos alentar un impulso global de fraternidad que plante cara a la ultraderecha. No callar es un deber cívico inaplazable. No hay que doblegarse ante la injusticia y el abuso, no hay que apartar la vista por conveniencia o comodidad. El silencio también es una forma de complicidad con la injusticia, una claudicación. Si algunos tiranos acumulan un poder tan desmesurado es en gran medida a gracias a la indiferencia de muchos ciudadanos que prefieren no mirar, no saber; ciudadanos que no se cuestionan nada, que se limitan a asentir. Hace algo más de medio siglo, a propósito del juicio contra el oficial nazi Eichmann, Hannah Arendt utilizó por primera vez esa expresión que me parece tan afortunada, “banalidad del mal”, para explicar que uno de los mayores peligros para la propagación del mal es no cuestionarse nada.

La obediencia como motor para la propagación del mal. Eso es. Arendt explica que cuando las personas comunes cometen actos atroces no es porque germine el mal en el interior de cada uno, sino por el simple hecho de acatar órdenes atroces de manera acrítica, por obedecer ciegamente sin sopesar las consecuencias. Por eso, cuando los cimientos de la democracia están amenazados como ahora, la tibieza es una irresponsabilidad. Yo admiro mucho a Albert Camus. Él asumía el absurdo de la existencia humana, pero tenía la convicción de sobreponerse a él, de doblegarlo en cierta medida, denunciando lo injusto y reivindicando la rebeldía.

Una idea de rebeldía muy necesaria en estos tiempos. Sin duda. Camus nos advierte de que la rebeldía no sólo implica la negación de lo que nos parece intolerable, sino la afirmación de lo que nos parece justo. No basta con censurar la persecución a los diferentes, a los débiles, o la negligencia climática de personajes tan abyectos como Trump o Milei: tenemos que defender con convicción la democracia, la convivencia, los lazos de fraternidad.

Surge una pregunta inevitable. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Es un debate complejo, no hay una sola causa. Estoy convencido de que entre los votantes de ultraderecha hay más ignorancia que maldad, una ignorancia orgullosa. Para afirmarse, los nacionalismos extremos necesitan un enemigo al que atribuirle todos los males. Ahora el enemigo de todos estos sátrapas es lo “woke”. Es una estupidez suprema, carece de la más mínima racionalidad, pero discursivamente es útil. ¿Cómo es posible que constituyan una amenaza real esas minorías que han estado siempre silenciadas y apartadas del debate público? 

Desde luego, es contradictorio… Por supuesto que lo es, pero en esa retórica embustera ha encontrado la ultraderecha una mina de oro. Han conseguido convencer a una parte significativa de la población de que todas sus desgracias son culpa de otros, de los inmigrantes, de las mujeres, de los progresistas… Curiosamente se señala a cualquiera menos a los poderosos, que son quienes corrompen gobiernos, financian campañas electorales y destrozan el planeta con absoluta impunidad. Es asombroso cómo ha logrado tanta aceptación algo tan burdo. 

En gran parte gracias a la difusión masiva de las redes sociales, que les ha servido para difundir su discurso y azuzar el odio contra esas minorías.  

Es que las redes sociales no son un espacio neutral, sino un instrumento muy eficaz para propagar masivamente la mentira y alentar el odio y la deshumanización. Hay demasiado ruido, demasiadas distracciones, demasiada banalidad, demasiada aceleración. En tiempos de dispersión colectiva es urgente reivindicar formas de atención plena. Ese exceso de palabrería y de ruido no se traduce en nada útil, es sólo un movimiento constante, una coreografía banal, una gesticulación grandilocuente y vacía. Hay mucha gente atareada en un sinfín de asuntos pero que no se cuestiona la utilidad de cada uno de ellos. No hay que confundir el movimiento con la acción. Además, en las redes sociales no prevalece lo valioso, sino lo brutal y lo superfluo. Cuanto más violento es lo que se dice, mayor es el alcance que obtiene. Cuando escucho o leo a algún líder de ultraderecha afirmar que la justicia social es una aberración, me pregunto qué es lo que defienden, ¿la injusticia social?

En la implementación de mecanismos para disminuir la desigualdad y lograr una mayor cohesión social ha tenido un papel muy relevante la socialdemocracia a partir de la mitad de siglo XX, con medidas tan destacadas como el Estado de Bienestar. Considero que una parte significativa de este clima de impotencia social es responsabilidad de los partidos socialdemócratas, que cometieron el pecado original de creer que el Estado del Bienestar y el capitalismo eran compatibles. Y no, son contradictorios, excluyentes. Una vivienda no puede ser al mismo tiempo un bien esencial y una oportunidad de negocio, y lo mismo ocurre con la educación o la sanidad. La educación y la sanidad públicas son los mayores logros de la democracia. Sin educación pública de calidad no es posible la igualdad de oportunidades, ni la posibilidad de prosperar. De modo que los socialdemócratas, en sus largos años de triunfos por toda Europa, con una actitud irresponsable de autocomplacencia, decidieron que la mejor forma de impulsar el progreso era generando la máxima riqueza posible. Les ha obsesionado tanto, y también envanecido, la idea de generar riqueza sin límites que no se han preocupado en buscar la manera de distribuirla equitativamente, y eso ha provocado que una minoría privilegiada acumule un patrimonio desmesurado a costa de la dignidad de la mayoría, que vive en un estado de precariedad. “Porque a todo el que tiene se le dará más y tendrá en abundancia. Al que no tiene hasta lo que tiene se le quitará”, dice la Biblia. 

 

Entonces, el capitalismo, lejos de impulsar el progreso mayoritario y el Estado del Bienestar, ha contribuido a favorecer la desigualdad y a erosionar la cohesión social. El crecimiento de la desigualdad es evidente. Los datos revelan que en los últimos cinco años el 1% de la población más rica ha acumulado dos tercios de nueva riqueza que se ha generado. Los 60.000 individuos más privilegiados del planeta poseen un patrimonio superior que 4.000 millones de personas juntas. Una minoría tiene mucho, muchísimo más de lo que razonablemente se necesita para vivir con holgura mientras que hay millones de personas en situación de pobreza sobreviviendo con salarios miserables y en casas que nunca serán suyas. Es escandaloso y desalentador.

¿Qué deben hacer las democracias para atajar esta desigualdad creciente? En primer lugar, la democracia tiene que imponer límites muy severos al capitalismo. Hay que prohibir la especulación de bienes básicos como la alimentación, la energía, la educación, la sanidad, la vivienda. En esta transformación tienen las democracias una gran oportunidad para recuperar la credibilidad perdida, esa legitimidad que está ahora amenazada. La democracia es efectiva en la medida en que es capaz de garantizar la igualdad de oportunidades, de repartir equitativamente la riqueza y de proteger a la gente de la intemperie, la pobreza, la enfermedad y la ignorancia. Ahora eso no sucede porque el Estado del Bienestar está muy debilitado. Además de prohibir la especulación de los bienes básicos hay que impulsar una renta básica para la ciudadanía. Esta iniciativa puede ser la gran transformación del siglo.

¿A qué se refiere? Todo parece indicar que en los próximos años seguirá la tendencia actual, esa minoría privilegiada seguirá concentrando una parte muy significativa de la nueva riqueza, con las consecuencias devastadoras que eso acarrea. Por eso es urgente impulsar reformas fiscales ambiciosas y limitar severamente el acaparamiento de riqueza. No se puede aspirar a un crecimiento ilimitado a costa de destrozar el planeta y provocar miseria. Hay que establecer un patrimonio máximo para las grandes fortunas. Creo que la gran transformación del siglo puede ser el acceso a una renta básica incondicional. Garantizar la dignidad humana de forma material y efectiva debe ser una prioridad para la democracia. Sin soberanía económica real, la libertad es una consigna bella y estéril que se disgrega en mitad de la bruma. 

¿Y cree que es posible? ¿De verdad considera que en un plazo razonable se revertirá esta corriente reaccionaria? Más temprano o más tarde, todo pasa. Hay un gran desconcierto y una gran impotencia. En la medida en que las democracias logren impulsar transformaciones audaces que no dejen a nadie a la intemperie, la adhesión a estos nuevos autoritarismos se irá difuminando. La gente necesita certezas, y el deber de la democracia es garantizar de manera concreta y efectiva la posibilidad de construir proyectos de vida prósperos. Si la democracia sigue desoyendo esta responsabilidad, mucha gente seguirá optando por el abismo.

Ese abismo, como lo define, que se constituye sobre las bases del nacionalismo y el patriotismo. La derecha se ha apropiado en exclusiva de la idea del patriotismo. No es algo nuevo. Ese patriotismo vociferante y bullanguero que alienta la derecha exige al mismo tiempo una pureza de raza imposible y una adhesión ciega a media docena de conceptos que en realidad son muy vagos. Todo lo que quede fuera de ese catecismo reducido es el enemigo, o la anti-España, como tanto les gusta decir. Yo creo en un patriotismo racional, en un patriotismo centrado en las zonas templadas del espíritu, como apuntaba Manuel Azaña. 

Reivindica un patriotismo razonable. Es que un verdadero patriota es aquel que defiende la dignidad de sus semejantes, el acceso a servicios públicos de calidad, alguien que comprende que la educación y la sanidad públicas son los instrumentos más eficaces para promover la justicia social. Así que resulta irónico ver cómo esos autoproclamados patriotas se pliegan con tanta mansedumbre ante los caprichos de Trump, con tanta entrega, que son capaces de venderle esa soberanía nacional que dicen defender a precio de saldo con tal de complacerlo.